Vivir en comunidad

Diálogo con José Arregi – Guy et Régine Ringwalt

 Reflexiones /

Guy et Régine Ringwalt: Este número de PARVIS se presenta bajo el título “Vivre en communauté”. ¿Qué te sugiere de entrada?

Todo está dicho en esas dos palabras: vivir comunidad. La vida brota de la comunión para la comunión: cada ser viviente es una forma particular que emerge de una unión de partículas, átomos, moléculas, células, tejidos, órganos…. Y planetas, estrellas, galaxias, universo o multiverso… Desde lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande, todo es relación con todo. Ser es inter-ser, como decía Tich Nhat Hanh. También los seres humanos nacemos de otros y somos con otros, y formamos con todo un cuerpo animado, en el que el bien propio y el bien común son inseparables. Cuanta más comunión, más plenitud de ser.

José Arregi: Pero ¿es posible llegar a conciliar realmente el interés propio y el interés común?

Esa es la cuestión humana por excelencia. La evolución nos ha dotado de una maravillosa y peligrosa conciencia del “yo”: nos da una formidable capacidad de comunión y es el mayor obstáculo para aunar el bien propio y el bien común. Somos una especie contradictoria. Nuestro gran reto –biológico y científico, personal y político, mental y espiritual…– es caminar hacia una conciencia de sí más libre y amplia, más individual y universal a la vez. Saber ser más uno mismo siendo más en común sería la gran sabiduría.

GRR: ¿La Iglesia puede aportar esa sabiduría?

JA: Debe y puede aportar su grano, pero, para ello, es preciso que se libere de sus ataduras dogmáticas e institucionales, dejándose inspirar por Jesús: “Todos/as sois hermanos/as”, “Amaos”, “Que sean uno, como yo en ti y tú en mí”, “Sed compasivos”, “Misericordia quiero, y no sacrificios”… Esa es la experiencia espiritual originaria que late en todas las religiones y a la vez las transciende todas, incluido el cristianismo. La comunión profunda de la vida a todos los niveles constituye también la esencia de la Iglesia de Jesús, su ser profundo, su experiencia fontal, su vocación última hacia dentro y hacia fuera, hasta superar todo dentro y fuera. La gran dificultad es el apego al yo superficial, el ego. El apego a la institución eclesiástica es una forma de apego al yo superficial. Vivir en común conlleva algún tipo de institucionalización, pero la institucionalización de la comunión no depende de ninguna revelación divina, sino de las circunstancias históricas y culturales.

GRR: ¿Podrías explicarte un poco más sobre esto último?

Ninguna religión, doctrina, rito ni mandamiento proviene desde fuera. Dios no es un señor soberano que crea, habla, ordena, escucha, responde desde fuera. Es el Alma y la Comunión, el Interser de todo cuanto es. Crea, actúa, ilumina, inspira, anima, se revela en el corazón de cuanto es. Jesús nunca pensó en establecer ninguna institución, ni sacramentos, ni jerarquías, ni congregaciones religiosas, ni leyes, ni dogmas. Y aunque lo hubiera hecho, no por ello sería vinculante a la letra, pues Jesús fue un hombre de su tiempo. Lo que nos vincula y hace libres es el Espíritu que le inspiró y que lo anima todo, que le llevó a crear un movimiento de comunión subversiva, de hermanas y hermanos, libres y en comunión. Ese espíritu creativo es lo que ha de empujar a la Iglesia y animarla a dar formas nuevas y plurales a la comunión transformadora, a la comunidad de comunidades –libres y liberadoras– que es. Ya no podemos concebir que el vivir en comunión requiera una misma organización, una autoridad jerárquica, unanimidad de creencias… Jesús pensó que su grupo de discípulas y discípulos itinerantes formaba una familia fraterno-sororal “sin padre” ni “maestro” ni “señor”.

GRR: Tú has sido franciscano, has vivido en comunidad durante muchos años.

JA: Sí. Cuarto de una familia de 13 hermanos, a la edad de 6 ó 7 años, en una peregrinación al santuario franciscano de Arantzazu, mirando boquiabierto una larga fila de jóvenes franciscanos estudiantes de teología que nos despedían a los peregrinos, me sentí profundamente atraído. A los 10 años (en 1963, en pleno Concilio Vaticano II), sin saber muy bien lo que estaba pasando, dejé la familia (a la que no volví a ver hasta un año después, y no había teléfono), ingresé en el Seminario de Arantzazu, una enorme familia de 150 compañeros de mi edad (¡qué riqueza!), sin ninguna compañera (¡qué carencia!). A los 15 años tomé el hábito y un años después –sin tampoco saber lo que hacía, y sin noticia alguna del Mayo 68– profesé los tres votos (pobreza, celibato y obediencia), junto con otros 15 compañeros.

GRR: ¿A los 16 años?

JA: Sí, en 1969. Hoy, solo 53 años después, nos parece un sinsentido, y lo es. Un nuevo mundo estaba emergiendo, pero aún no lo sabía. Tardaría 20 años más en caer en cuenta plenamente de que el modelo tradicional de la llamada “Vida religiosa” no se tiene en pie. El anhelo profundo que inspiró sus orígenes y todas las transformaciones que ha conocido sigue aún vigente: el anhelo de comunión consigo y con todo, empezando por los últimos. Pero el marco teológico-canónico medieval ya no se sostiene por ningún lado: ni Jesús aconsejó los votos, ni es un “estado de perfección”, ni se trata de una vida de mayor entrega a Dios ni de mayor compromiso con los más pobres. He conocido muchas monjas y frailes de admirable madurez, experiencia espiritual, generosidad y compromiso por los últimos, pero no más que fuera de las comunidades religiosas. El modelo tradicional responde a una imagen dualista, maniquea, patriarcal, piramidal del ser humano, de Dios, de Jesús, de la Iglesia, que está en contradicción con la visión actual holística del mundo, del ser humano, de Dios… El desmoronamiento de las congregaciones es un signo del Espíritu universal. Desde hace décadas, anima múltiples movimientos de comunidades, formadas de personas célibes o casadas mixtas, comunidades transformadoras y contemplativas, ecológicas y liberadoras, místicas y políticas, creyentes o no creyentes, dentro o fuera de un marco religioso, pero transcendiéndolo.

GRR: ¿Por eso dejaste la Orden franciscana?

JA: La dejé porque el obispo de la diócesis me retiró la licencia para seguir enseñando teología. Fue en el año 2010, a mis 57 años. Entonces se me planteó una gran disyuntiva: sumisión o libertad. Me pareció que la Vida me pedía ser fiel a mí mismo y a mi misión, y me pedía ahorrar conflictos a mis hermanos franciscanos, que siguen siéndolo. Por todo eso abandoné tanto la Orden como el sacerdocio. Cinco años después me casé, y voy descubriendo cada día lo que de verdad significa “vivir en comunidad”, muy en concreto y a fondo, con otra persona hecha, igual que yo, de carne y hueso, de luz y de sombra, de arcilla preciosa y frágil: acoger y dejarse acoger, cuidar y dejarse cuidar, pedir perdón y perdonar, perdonarme, comprendernos mutuamente en todo, confiar siempre en ella y confiar cuanto puedo en mí mismo, tener paciencia con ella y más todavía conmigo mismo, hablar y escuchar, disentir, aprender, callar juntos, colaborar, desearnos lo mejor, compartir las grandes inquietudes y las grandes causas del mundo de hoy, sufrir y disfrutar juntos, disfrutar mucho, dejar que la ternura, sobre todo la ternura, renazca cada día. Eso es vivir en común. Es un ejercicio de humanidad. Un camino de desapego y de liberación. Una gran exigencia y, sobre todo, una gran bendición.

GRR: ¿Es posible que la Iglesia sea todavía lugar y signo de esa comunión?

JA: Es su ser y su misión. Y existen innumerables comunidades que viven la comunión o caminan hacia ella en lo más hondo y concreto. Pero, para ello, la institución de la Iglesia, de todas las Iglesias, de la Iglesia “católica romana” en particular, debe llevar a cabo una profunda metamorfosis interna. No bastará con remiendos y meros cambios de estilo. El Aliento de la vida la llama a transformar radicalmente o a dejar que caiga simplemente todo su andamiaje institucional, clerical, su Derecho Canónico, su teología y su código moral oficiales; responden a una cultura de hace milenios que entre nosotros ha desaparecido y pronto desaparecerá en todos los continentes.

Es indispensable que las Iglesias se dejen animar e infundan el espíritu de la koinonía (comunión), un término fundamental en los orígenes del movimiento cristiano, que significaba cuatro cosas: comunión de mesa o fracción del pan o eucaristía, comunión con Cristo o con Dios, comunión real de bienes, comunión de comunidades. Eso es la Iglesia –hecha de Iglesias–, para eso es. No habrá eucaristía en la Tierra mientras haya quienes padecen hambre; no podremos comulgar con el cuerpo real de Jesús mientras la humanidad no sea una única comunidad de pueblos diversos; no habrá comunión con Dios mientras no haya una justa distribución de todos los bienes; no habrá comunión en la Iglesia mientras todas las Iglesias no se reconozcan como hermanas, iguales, libres; mientras no desaparezca la subordinación de unas Iglesias a otras, mientras no se derogue la constitución jerárquica y clerical, machista: un sistema de poder y de sumisión bajo un sumo representante de Cristo, un papa elegido por unos cardenales elegidos por el papa, que elige y ordena a unos obispos que eligen y ordenan a unos sacerdotes dotados de poderes sagrados exclusivos; la Iglesia no será comunión mientras se conciba y funcione como formada por tres estamentos: clérigos, religiosos y todo el resto que no son ni lo uno ni lo otro a quienes se llama “laicos”.

Tal vez sea ya demasiado tarde para esta gran metamorfosis, y no quepa esperar sino su entera disolución institucional o la pervivencia de residuos convertidos en reductos sin alma inspiradora de vida y de comunión. Sea como fuere, allí donde estamos, a título personal y comunitario, humilde y confiadamente, podemos tratar de respirar y de vivir del Espíritu que alienta y ensancha la vida, y tratar de contribuir con nuestro pequeño aliento a la gran comunión eco-liberadora que la humanidad está llamada a ser. La comunión que es el corazón de todo lo Real, el horizonte que lo atrae, el espíritu que animó a Jesús y que sigue alentando en todos los seres.

Navidad cristiana y Navidad universal

Por José Arregi

Puede que la Navidad de las calles iluminadas, la propaganda consumista, los villancicos rayados, las reuniones desganadas, los regalos obligados… nos guste más o menos o que incluso nos disguste. Sin embargo, si acertáramos a liberarla de su explotación comercial, de nuestras ambiciones engañosas, también de nuestras liturgias insulsas, palabrería vacía y dogmas trasnochados, si abriéramos los ojos y la miráramos en su hondura universal, la Navidad podría tocarnos el corazón, encender en él una llama de paz creadora, volverlo más humano para nuestro bien y el bien común de la Tierra.

Me refiero no solo a la Navidad cristiana, sino también a la Navidad universal, la del sol en los solsticios de cada año y en el milagro del amanecer de cada día, la Navidad de las azaleas en flor, la Navidad de cada nacimiento deseado y esperado en cualquiera de sus formas, la Navidad del renacimiento del bien y de la esperanza en el mundo a pesar de todo. ¡Bendita sea la Navidad universal de la Vida en todas sus formas!

Bendita sea también la Navidad de Jesús de Nazaret con ese entrañable imaginario que llevo grabado en las entrañas desde niño: el pesebre, la gruta, los pastores y campesinos, los campos de Belén, el coro de ángeles en medio de la noche, la estrella que guía a los sabios de Persia, los cofres de oro, incienso y mirra. Esa fue mi primera Navidad y es aún hoy la primera para el niño que sigo siendo. Pero para el viejo de 70 años en que sin darme cuenta me he convertido, la Navidad de Jesús es ni más ni menos que mi icono más cercano e inspirador de la Navidad universal. Y a esta Navidad de Jesús no sé si llamarla cristiana, porque el cristianismo vino cien años después y porque, en el fondo, Navidad no hay más que una.

Ya se celebraba con otros nombres mucho antes de Jesús. Milenios antes, muchos pueblos festejaban el solsticio de invierno, en torno al 21 de diciembre en el hemisferio norte y en torno al 20 de junio en el hemisferio sur, cuando la inclinación de la luz solar sobre la Tierra es máxima y la noche empieza a ser más corta y el día más largo. Era y sigue siendo la fiesta del sol y de la Tierra, la fiesta de sus frutos dados en comida común, la fiesta de la Vida.

Los mayas, aimaras, incas y mapuches celebraban y todavía celebran el retorno o la nueva salida del sol. Y lo mismo los maoríes de Nueva Zelanda, los dogos de Mali y los sami de Laponia. E igualmente en Japón, en China, en la India y en Persia. Y los pueblos eslavos, como Rusia y Ucrania, al igual que los celtas. Los germanos y escandinavos evocaban el nacimiento de Frey, dios del sol, de la lluvia y de la fertilidad, representando la divinidad con un árbol de hoja perenne. En Roma celebraban “la Natividad del Sol invicto” el 21 de diciembre, y los practicantes del culto mitraico en todo el imperio romano conmemoraban el nacimiento de Mitra en una cueva el 25 de diciembre.

A medida que el cristianismo se extendió y que a partir de Constantino se impuso, sucedió lo que ha sucedido en todos los tiempos, culturas y religiones: la nueva religión asimiló la fiesta antigua y la revistió de un nuevo nombre, motivo y significado. Así, la fiesta de la luz y de la naturaleza que renace se convirtió en fiesta del nacimiento de Jesús, nueva luz –la misma Luz– que ilumina y consuela la vida. Nada se pierde, todo se transforma. Cambian los calendarios y los nombres, los rituales y los significados concretos, pero vuelve el mismo Sol sobre la misma Tierra. Vuelve a revelarse, a hacerse presente, el misterio vivificador de la Luz.

Sobre el nacimiento de Jesús, nadie sabe nada salvo que fue hijo de María y de José (o quizás de un padre desconocido) y que nació en Nazaret en una familia numerosa y pobre. Fue libre y hermano, compasivo y sanador. Por eso sus seguidores le reconocieron como el Cristo o Mesías, aquel que esperaban y que había de anunciar la buena noticia a los pobres, curar a los enfermos, liberar a los cautivos, y con el tiempo poetas como Lucas crearon bellos relatos simbólicos que narran su nacimiento. Hubo también quienes le confesaron como el Verbo o el Logos divino creador del mundo. “La Palabra se hizo carne”, se lee en el Evangelio de Juan. En el siglo IV se elaboró el actual Credo que confiesa a Jesús como el único Hijo de Dios, “de la misma naturaleza del Padre”, que “se encarnó de María Virgen”. Y así empezaron a celebrar de manera ritual el nacimiento de Jesús.

Yo lo sigo haciendo, pero no puedo creer el Credo a la letra. No puedo pensar razonablemente en un Dios Omnipotente, Creador anterior y exterior al mundo que, en los 13.700 millones de años de este universo en expansión con cientos de miles de millones de galaxias que albergan probablemente incontables planetas con vida, en este universo que tal vez no sea más que uno entre otros universos sin número, se haya encarnado plenamente solo una vez, y lo haya hecho justamente en el planeta Tierra, en esta especie pasajera que es el Homo Sapiens, hace 2000 años, en un varón judío llamado Jesús, que habría sido concebido sin gametos masculinos y habría venido a la Tierra para expiar nuestros pecados.

Ya no puedo creer en el dogma de la encarnación entendido a la letra, pero celebro la Navidad de Jesús. Cada día, en estas fiestas miraré y me inclinaré con ternura ante nuestro Belén de casa. Bet-lehem, casa del pan. Entrañable Belén en un mundo lleno de deseos y dolores. Me uniré a la pequeña comunidad de Aizarna y cantaré con ella de corazón y de boca las palabras del Credo cristiano: “Se encarnó de María Virgen”, sin sujetarme al significado tradicional, trasnochado, de las palabras. Celebraré la Navidad cristiana de Jesús, símbolo de la Navidad del corazón sin fronteras, la Navidad de la humanidad, la Navidad del planeta, la Navidad del Cosmos infinito, hecho de fuego o de luz. Cosmos eterno hecho de materia espiritual. Misteriosa matriz animada de Creatividad de la que nacen universos, soles, planetas, azaleas, petirrojos y corderillos, y este admirable y tan contradictorio Homo Sapiens que tal vez desaparezca antes de alcanzar el equilibro que busca, su verdadera divinidad: la bondad feliz creadora.

No faltarán quienes digan que esta Navidad que celebro no es cristiana. No sé a qué llaman cristianismo. En cuanto a mí, pienso que ser cristiano no requiere profesar a la letra doctrinas hoy incomprensibles, en instituciones jerárquicas hoy sin sentido, y que ese cristianismo desaparecerá, ya está desapareciendo. Pienso que ser cristiano, en el fondo, consiste en crear y cuidar la vida, tan maravillosa y frágil, la vida hermanada y gozosa, siguiendo el Espíritu o la inspiración de Jesús, bendito sea

«No estoy aquí, mi casa es el mundo»

Thich Nhat Hanh, escritor y poeta vietnamita, monje budista Zen, maestro de vida en atención plena (mindfulness), falleció el 22 de enero pasado a los 95 años.

Por José Arregui

Fue activista de la paz. Combatió contra la guerra del Vietnam, siendo perseguido tanto por el Norte comunista como por el Sur respaldado por EEUU. En 1972 se convirtió en refugiado político en Francia, donde vivió hasta el 2014 en el monasterio de Plum Village (Dordogne, sur de Francia).

¿Qué significa morir? Un poema suyo dice al respecto:

No estoy aquí

Tengo un discípulo en Vietnam que quiere construir una estupa para mis cenizas cuando muera.
Él y otros quieren incluir una placa con las palabras
“Aquí yace mi amado maestro”.
Les dije que no desperdiciaran la tierra del templo.
“¡No me pongas en una urna pequeña
y me coloques allí! –dije–.
No quiero continuar así.
Sería mejor esparcir las cenizas afuera
para ayudar a que los árboles crezcan”.
Sugerí que, si todavía insisten en construir una estupa,
hagan que la placa diga: “No estoy aquí”.
Pero en caso de que la gente no lo entienda,
podrían agregar una segunda placa:
“Tampoco estoy ahí afuera”.
Si la gente todavía no entiende, entonces
pueden escribir en la tercera y última placa:
“Podéis encontrarme
en tu forma de respirar y caminar”.
Este cuerpo mío se desintegrará,
pero mis acciones me continuarán.
En mi vida diaria, siempre practico ver mi continuación a mi alrededor.
No necesitamos esperar hasta la disolución total de este cuerpo para continuar,
continuamos en cada momento.
Si piensas que solo soy este cuerpo,
entonces no me has visto realmente.
Cuando miras a mis amigos, ves mi continuación.
Cuando ves a alguien caminando con atención plena y compasión,
sabes que él es mi continuación.
No veo por qué tenemos que decir “moriré”,
porque ya puedo verme en ti, en otras personas y en las generaciones futuras.
Incluso cuando la nube no está allí,
continúa como nieve o lluvia.
Es imposible que una nube muera.
Puede convertirse en lluvia o hielo,
pero no puede convertirse en nada.
La nube no necesita tener alma para continuar.
No hay principio ni fin. Nunca moriré.
Habrá una disolución de este cuerpo,
pero eso no significa mi muerte.
Continuaré, siempre.

(Thich Nhat Hanh, Mi casa es el mundo)

Consulta sobre los nuevos paradigmas

Por un humanismo bioecocéntrico: «¿Qué podemos aportar los seguidores de Jesús?»

Por un humanismo biocéntrico
Por un humanismo biocéntrico

La tercera consulta sobre los nuevos paradigmas será el próximo domingo, 5 de junio, a las 17 horas de España,Italia, Francia; 10horas de Panamáy Colombia; 11horas de Chile,Washington, Quebec

Ante el pluralismo y el desconcierta de nuestro tiempo, ¿podemos encontrar en el humanismo bioecocéntrico una fuente común de inspiración y acción transformadora? -¿Qué podemos aportar los seguidores de Jesús?

¿Qué temas, iniciativas o propuestas, nos pueden ayudar a partir de ahora? ¿Cómo queremos seguir en este nuevo camino?

«Se requiere una toma colectiva de conciencia de que el fenómeno ‘Vida’, del que somos parte integrante, es de alguna forma valioso en sí, sagrado y merecedor de un respeto amoroso» (Gerardo González)

Por José Arregi

Tercera consulta sobre los nuevos paradigmas el próximo domingo, 5 de junio, a las 17 horas de España,Italia, Francia; 10horas de Panamáy Colombia; 11horas de Chile,Washington, Quebec.

Link

ID de reunión: 878 7768 8809
Código de acceso: 787899

Duración: 2 horas. La sala se abrirá a las 16. 45. Idioma: español. Será grabada

Se requiere una toma colectiva de conciencia de que el fenómeno ‘Vida’, del que somos parte integrante, es de alguna forma valioso en sí, sagrado y merecedor de un respeto amoroso (Gerardo González, Nuestra Responsabilidad Global. Hacia un humanismo bio-eco-céntrico)

Preguntas para centrar la conversación

-Ante el pluralismo y el desconcierto de nuestro tiempo, ¿podemos encontrar en el humanismo bioecocéntrico una fuente común de inspiración y acción transformadora? -¿Qué podemos aportar los seguidores de Jesús?

-¿Qué temas, iniciativas o propuestas, nos pueden ayudar a partir de ahora? ¿Cómo queremos seguir en este nuevo camino?

Agradeceremos mucho que leas el documento “Por un humanismo bioecocéntrico y liberador” y nos expreses en un par de párrafos tus respuestas y comentarios, como máximo una página, Dirección de correo: 5posteismo@gmail.com

José ARREGI (País Vasco-España), Tony BRUN (EEUU), Gerardo GONZÁLEZ (Chile), Emma Martínez Ocaña (España), Elsa TÁMEZ (Colombia), Santiago VILLAMAYOR (España).

¿Qué Dios? Pues el Dios social

Antoni Ferret

El informe del compañero José Arregui, con el título ¿Qué Dios?… me ha
hecho pensar.
Le recojo como fundamentales los dos textos siguientes:
Dios ya no puede ser pensado con credibilidad como un ser sobrenatural
por su poder, que habita en el cielo y está listo para intervenir en la
historia humana periódicamente e imponer su voluntad. Por eso, la mayor
parte del lenguaje actual sobre Dios carece de sentido; lo cual nos lleva a
buscar una nueva forma de hablar de Dios.

La ciencia es la primera que reconoce que la “materia” es no solo un
enigma, sino un gran misterio, que no es algo inerte y estático, sino
misteriosa energía que transciende todas nuestras categorías de espacio y
tiempo, y que de ninguna manera podemos entender la materia como algo
contrapuesto a lo que denominamos “espíritu”. La materia es matriz
inagotable, posibilidad, relación y auto-creatividad sin origen ni fin.

En primer lugar, me aferro con grandísimo interés a la frase “buscar una
nueva forma de hablar de Dios”, y creo haberlo empezado a hacer ya.
Véase mi artículo “Realidad de Dios”, en Redes cristianas, 5 de julio de
2021. (No espero que lo podáis ver, claro, solo lo digo como ejemplo de
que estoy en ello.) Sin embargo, esta frase, con ser importantísima, es
secundaria en la explicación del compañero.

En la cuestión fundamental de si Dios existe, tal como lo entendemos, o no,
admito la posibilidad de que la creencia en un Dios Creador y personal
pueda no ser cierta, pero tan solo en el caso de que se demostrara que la
materia, sola o combinada con energía, fuera increada, y autora de cuánto
existe.

De ella sabemos, creo, que en su versión orgánica es capaz de
reproducirse y de evolucionar, nada menos que de una ameba a un ser
humano. Y en su versión o forma inorgánica es capaz de transformarse,
tanto como de una masa amorfa a constelaciones, estrellas y sistemas
solares. Pero demostrar que no ha sido creada por Dios, sino que es
increada, o incluso demostrar que fue causa suficiente para crear la ameba,
ella sola…

Pues con todo afecto le digo al compañero Arregui que quizás…, pero ello
es solo una posibilidad, como la creída hasta ahora. Creo que no podemos
demostrar bien ni la una ni la otra. En mi juventud había “demostrado”
muchas veces la existencia de Dios. Con tus argumentos, acepto que,

estrictamente, no se puede demostrar de forma incontrovertible, pero
tampoco se puede hacer en el caso de tu tesis. Dado lo cual, me quedo con
la creencia en un Dios Creador y fuente de amor. (Si no fuera fuente de
amor, no sería perfecto, luego no podría existir. La materia… quizás pueda
existir sin tener amor, pero no sigo más.)

Y sobre todo porque Dios Creador o bien materia increada son dos
“posibilidades”. Pero es que cuando pretendes substituir un Dios Creador y
personal por formulaciones como “Si entendemos a Dios como lo Real más
hondo o como Misterio más hondo de lo Real”, o bien por “Dios como
Fondo de la Realidad o como puro y pleno Ser del universo o del
multiverso…”, pues… oye compañero… Mira: el Dios Creador y personal
puede no existir, pero por lo menos se entiende, y ese galimatías… pues no.
Me quedo con Dios, pero no con el Dios clásico, el de siempre, el de la
Iglesia, sino con el que describía un servidor en el artículo mencionado
antes: un Dios del cual solo sabemos a ciencia cierta dos cosas: que “quiere
la justicia y la fraternidad”.

Mucho mejor un Dios no seguro, incluso acaso no existente, que defienda
los valores sociales de nuestra vida, que no uno muy seguro que deje de
lado, o parezca que deja de lado, esos valores.
Entre el Dios “teísta”, como le llamas (por ser personal y externo al
mundo) y el “Dios como lo Real más hondo o como Misterio más hondo de
lo Real”, yo me quedo con mi Dios social, que nos quiere, y no de manera
sentimental, sino con efectos prácticos y útiles, vitales, para la felicidad
humana.

José Arregui también estudia el caso de Jesús, pero yo, por hoy, me quedo
aquí

Espiritualidad y lucha de clases

Por José Arregui
A raíz de una reciente charla en Pamplona sobre “Espiritualidad y liberación política”, un amigo me escribe: “Me gustaría que nos compartieras tu visión sobre espiritualidad y lucha de clases“. Buen reto en este 2021, año y tiempo de tantas pandemias, muchas más que la COVID 19 con toda su virulencia. He aquí unos apuntes fundamentales, con más preguntas que certezas. Seguir leyendo

La seducción de Jesús: el lenguaje subversivo

José Arregi, teólogo
Queridos amigos y amigas: como ya sabéis el pasado fin de semana celebramos en Madrid las Jornadas de Cristianos por el Socialismo.
Este año nos hemos centrado en la figura de Jesús. Os adjunto las ponencias de Xosé Arregui y José María García Mauriño. También un documento que nos ha hecho llegar Benigno sobre el empobrecimiento de la clase trabajadora en nuestro país. Espero que los documentos sean de vuestro interés.
Aprovecho para comunicaros la triste noticia del fallecimiento de nuestro compañero y amigo de las Jornadas de C.P.S., Alfredo Tamayo S.J. de San Sebastián. Su recuerdo permanecerá entre nosotros
El título que se me ha propuesto habla a la vez de seducción y subversión. A primera vista, podrían parecer conceptos alejados entre sí. Seducir es cautivar el ánimo, y cautivar el ánimo parece más propio de un bello galán agraciado de palabra y de modales que de un subversivo provocador. Seguir leyendo

El Papa Francisco con los indignados

José Arregi: «El Papa Francisco está con todos los indignados de este mundo»

«El papa Francisco –lo reconozco con gusto– es, por su figura y por el eco mediático de su mensaje, una de las grandes voces proféticas del mundo de hoy»

«Durante ocho años de pontificado, no ha tocado ni una letra del Derecho Canónico ni una coma del Catecismo con su doctrina y su teología más tradicional e inmovilista, enemiga de subversiones sociales y de nuevas reinterpretaciones»

«Y no vale decir que el papa sí quiere, pero no puede por miedo al cisma. La inacción y la inmovilidad está llevando al peor cisma: el abandono de los mejores y el vacío general creciente»

«Una Iglesia que ha dejado de ser creíble y de inspirar e impulsar movimientos como el 15M es un fracaso, y una traición a Jesús y su Evangelio»

 | José Arregi teólogo

Con ocasión del décimo aniversario del 15M, el movimiento de indignados hoy cargado de más razones que hace 10 años, se me pide que responda a dos preguntas: 1) ¿Se puede considerar un indignado al Papa Francisco? 2) ¿La sinodalidad de Francisco se corresponde con el 15M entendido como el tiempo de las plazas? Lo haré en tres puntos.

1.El papa Francisco está con los indignados. Aunque la figura de un papa de aspecto bonachón y ya muy mayor, vestido de impecable túnica blanca y presidiendo solemnes encuentros en lujosos salones renacentistas del palacio vaticano, se concilie mal con el porte de jóvenes indignados acampados en plazas, pienso que sí, que el papa Francisco está, como lo estaría el libre y pacífico Francisco de Asís, con todos los indignados de este mundo, de Madrid a Tinduf, de Palestina a Cali.

Iglesia hospital de campaña

El canto del gallo

EL CANTO DEL GALLO
He leído con asombro y pena el ensayo Oilarra kukuruka (El canto del gallo) (Erein 2020), que acaba de publicar Xipri Arbelbide, sacerdote vasco amigo de Heleta (Baja Navarra). Gira en torno a la agonía de la Iglesia católica en nuestro país, y me asombra que el autor le haya puesto ese título, un tanto provocador y desafiante. Xipri, genio y figura hasta el fin. Con 86 años en sus espaldas, ha subido a lo alto de la aguda torre campanil de la catedral de Bayona, a lanzar su kikiriki. Hace falta energía y valor.
Más aún que el asombro, sin embargo, me ha invadido la tristeza desde la primera línea hasta la última, viendo cómo el sonoro canto matutino se transforma en lamento amargo y confuso, en queja sombría, desgarrada. Lo entiendo. Para quien ha soñado con una Iglesia hermosa y triunfal, directiva y multitudinaria, madre y maestra, dueña suprema del bien y conocedora única de la verdad, para quien ha derrochado todas sus fuerzas y capacidades –que no son pocas– en favor de esa Iglesia tanto en el País Vasco como en África, ha de resultar muy doloroso ver cómo, al final de su vida, el edificio que ha querido levantar se resquebraja y se derrumba sin vuelta atrás. Seguir leyendo

Seis retos para ser Iglesia en salida

Basándome en las reflexiones de Ximo Garcia Roca[1], José Arregi[2], el presidente Macron[3] y Reyes Mate,[4] sintetizo en seis puntos los retos que considero importante afrontar para ser una Iglesia significativa para el momento actual tras la pandemia.

►1º.- Construir una identidad común que rompa trincheras entre dentro y fuera y supere la división entre seres humanos considerados “de los nuestros“ y “de los de ellos”. En la Iglesia hemos de ser ejemplo en la promoción de la defensa práctica de la común dignidad de todo ser humano y de la hermandad. Por eso la Iglesia debe ser la primera en buscar la colaboración común y unitaria para unirnos todos en la solución de los grandes y graves problemas de la humanidad. El papa Francisco está insistiendo en este punto continuamente, especialmente en estos días de pandemia.
Desde esta perspectiva de potenciar la colaboración mutua, sintonizo con el planteamiento de Arregi cuando declara que para llevar a la práctica este primer reto es necesario que la Iglesia “acepte radicalmente el principio de la laicidad tanto en el orden sociopolítico como espiritual”. También me parece importante la propuesta del presidente francés Macron a la Conferencia Episcopal Francesa: “Recrear la laicidad tras reconocer el desencuentro y necesidad de reparar el “vínculo” entre esta institución y el Estado. La laicidad ciertamente no tiene como función negar lo espiritual a cambio de lo temporal, ni extirpar de nuestras sociedades la parte sagrada que nos nutre tanto de nuestros conciudadanos. Si tuviera que resumir mi punto de vista, diría que una Iglesia que pretenda desinteresarse de los asuntos temporales no cumpliría su vocación; y un presidente de la República que pretenda desinteresarse de la Iglesia y de los católicos faltaría a su deber”. Seguir leyendo